¿Puede Uruguay seguir creciendo con el nivel de déficit fiscal actual?


Uruguay puede continuar creciendo con el nivel de déficit fiscal actual, pero difícilmente podrá sostener un crecimiento elevado durante muchos años si ese déficit no disminuye.
No estamos, a mi juicio, ante una crisis fiscal inmediata, pero sí frente a una restricción cada vez más importante para nuestra economía y, especialmente, para nuestras posibilidades de alcanzar tasas de crecimiento mayores en los próximos años.
A junio de 2026, el déficit del Sector Público Global se ubicó aproximadamente en 4,3% del PIB, excluyendo los ingresos extraordinarios del fideicomiso de la seguridad social. Por su parte, el Gobierno Central-BPS registró un déficit de aproximadamente 3,7% del PIB, realizando la misma corrección.
Son cifras que deberían preocuparnos, especialmente cuando las analizamos en conjunto con el bajo crecimiento que viene mostrando nuestra economía.
El problema se entiende mejor observando algunos datos
La economía uruguaya crecería alrededor de 1,6%-1,8% en términos reales durante 2026, mientras que el FMI proyecta un crecimiento cercano al 1,8%.
Al mismo tiempo, el Estado continúa gastando aproximadamente cuatro puntos del PIB más de lo que recauda.
Por otra parte, la deuda neta del Gobierno Central terminó 2025 en torno al 56,5% del PIB, mientras que las proyecciones la ubican aproximadamente entre 63% y 64% del PIB hacia 2029, muy cerca del ancla fiscal del 65%.
Estos datos permiten entender mejor el problema.
Uruguay puede crecer a pesar del déficit, pero el déficit actual no ayuda a crecer y reduce progresivamente el margen para hacerlo.
Esto es importante porque muchas veces se plantea la discusión como si la existencia de déficit fiscal impidiera automáticamente que una economía pudiera crecer. No necesariamente es así.
El déficit no impide mecánicamente el crecimiento. Incluso puede favorecerlo temporalmente cuando los recursos se destinan a financiar infraestructura, educación o inversiones capaces de elevar la productividad futura de la economía.
La cuestión central, entonces, no es solamente determinar si existe déficit, sino analizar cuál es su magnitud, durante cuánto tiempo se mantiene y, fundamentalmente, a qué se destinan los recursos que generan ese desequilibrio.
Si el déficit financia inversiones que mejoran la capacidad productiva del país, puede existir una justificación económica.
Pero si se destina principalmente a gastos permanentes, transferencias y funcionamiento corriente del Estado, sus efectos pueden ser muy diferentes.
¿Qué consecuencias genera un déficit elevado y persistente?
En primer lugar, aumenta la deuda pública y, con ella, el pago de intereses.
Cada vez que el Estado debe destinar mayores recursos al servicio de la deuda, dispone de menos recursos para otras áreas y comienza a comprometer una parte creciente de los ingresos futuros.
En segundo lugar, un Estado que necesita financiar permanentemente su déficit absorbe recursos que podrían destinarse a financiar inversión privada.
Y la inversión privada es fundamental para cualquier economía que pretenda aumentar su productividad, generar empleo y alcanzar tasas de crecimiento superiores.
En tercer lugar, mantener déficits elevados durante períodos prolongados reduce la capacidad del Estado para reaccionar ante situaciones extraordinarias.
Uruguay es un país que puede verse afectado por factores externos sobre los cuales tiene muy poco control: una recesión internacional, una crisis regional, una caída en el precio de nuestras exportaciones o incluso fenómenos climáticos como una sequía.
Cuando las cuentas públicas parten de una situación equilibrada, existe mayor margen para utilizar herramientas fiscales ante esas circunstancias. Cuando el déficit ya es elevado, ese margen se reduce considerablemente.
En cuarto lugar, la persistencia del déficit puede generar expectativas de futuros aumentos de impuestos.
Empresas, inversores y ciudadanos saben que, en algún momento, las cuentas deben equilibrarse. Si no existe una reducción del gasto, aparece naturalmente la posibilidad de que ese ajuste termine realizándose mediante una mayor presión tributaria.
Y esa expectativa también puede influir negativamente sobre las decisiones de inversión.
Finalmente, un deterioro fiscal sostenido puede afectar la calificación crediticia del país y encarecer el financiamiento, tanto para el sector público como indirectamente para el sector privado.
Uruguay tiene fortalezas, pero no son ilimitadas
Es importante reconocer que Uruguay cuenta hoy con defensas importantes.
Nuestro país mantiene el grado inversor, tiene una deuda estructurada a plazos relativamente largos, una proporción significativa de esa deuda está denominada en moneda nacional y conserva un buen acceso a los mercados financieros.
Todo esto explica por qué un déficit superior al 4% del PIB no genera hoy una crisis fiscal como podría ocurrir en otros países con estructuras financieras más débiles.
Estas son fortalezas importantes de Uruguay y debemos preservarlas.
Pero también debemos comprender que esas fortalezas permiten ganar tiempo; no eliminan la restricción presupuestal.
No podemos interpretar el acceso al crédito o el grado inversor como una autorización para mantener indefinidamente niveles elevados de déficit.
En algún momento, la deuda debe estabilizarse y, para ello, es necesario que exista una convergencia entre los ingresos y los gastos del Estado.
La combinación que debería preocuparnos
A mi juicio, la combinación peligrosa no es simplemente déficit más deuda.
El verdadero problema aparece cuando se combinan simultáneamente:
crecimiento bajo + déficit estructural elevado + gasto rígido + deuda acercándose al límite fiscal.
Uruguay podría mantener durante algún tiempo un crecimiento modesto, del orden del 1,5%-2% anual, aun manteniendo estas cuentas públicas.
Pero la pregunta que deberíamos hacernos es si ese crecimiento resulta suficiente para las necesidades de nuestro país.
Creo que no.
Uruguay necesita aspirar a tasas de crecimiento mayores si pretende mejorar sostenidamente el ingreso de sus habitantes, generar mejores empleos, atraer inversión y financiar adecuadamente sus políticas sociales.
Para acercarnos a un crecimiento sostenido del entorno del 3% anual, considero que necesitamos avanzar simultáneamente en varios frentes:
reducir gradualmente el déficit estructural;
disminuir el crecimiento del gasto corriente;
proteger la inversión;
mejorar la productividad;
aumentar la competencia;
profundizar nuestra inserción internacional;
y evitar que el ajuste de las cuentas públicas dependa exclusivamente de nuevos impuestos.
Este último punto me parece especialmente importante.
El ajuste no puede ser siempre mediante más impuestos
Uruguay ya tiene una presión fiscal significativa y, por lo tanto, considero que el camino para resolver el déficit no puede ser simplemente aumentar nuevamente los impuestos.
Cada incremento de impuestos tiene consecuencias sobre empresas, trabajadores, consumidores e inversores.
Si queremos una economía más dinámica, capaz de atraer capitales y generar nuevos proyectos, debemos procurar que el ajuste fiscal provenga principalmente de una mayor eficiencia en la utilización de los recursos públicos y de una reducción del crecimiento del gasto.
Tampoco considero conveniente resolver el problema mediante un aumento permanente del endeudamiento.
Endeudarse permite trasladar el problema hacia adelante, pero no solucionarlo.
Por eso, la discusión de fondo debería concentrarse cada vez más en la calidad, eficiencia y dimensión del gasto público.
Déficit fiscal, tipo de cambio y competitividad
Existe además otro aspecto que considero fundamental y que muchas veces no ocupa un lugar suficiente en esta discusión.
El déficit fiscal es, a mi juicio, una de las causas más importantes del desfasaje cambiario que enfrenta Uruguay, y ese desfasaje termina quitándonos competitividad.
Para una economía pequeña y abierta como la uruguaya, la competitividad es fundamental.
Nuestros sectores exportadores deben competir permanentemente con empresas de otros países. Lo mismo ocurre con numerosas empresas uruguayas que compiten en el mercado interno frente a productos importados.
Cuando nuestros costos internos aumentan y el tipo de cambio no acompaña esa evolución, producir en Uruguay se vuelve relativamente más caro.
Y cuando perdemos competitividad, terminamos afectando la inversión, la producción, las exportaciones y, finalmente, el empleo.
Por eso, el problema fiscal no debe analizarse solamente desde la perspectiva contable de cuánto recauda y cuánto gasta el Estado.
Tiene consecuencias mucho más amplias sobre el funcionamiento de toda la economía.
¿Podemos seguir así?
En síntesis, el déficit actual no hace inviable el crecimiento inmediato.
Uruguay puede continuar creciendo durante algún tiempo con estos niveles de déficit, especialmente porque todavía conserva fortalezas financieras e institucionales importantes.
Pero eso no significa que podamos mantener indefinidamente esta situación.
Si el déficit estructural continúa elevado, el gasto permanece rígido, la deuda sigue aumentando y la economía crece solamente alrededor del 1,5%-2%, corremos el riesgo de transformar el bajo crecimiento en una característica permanente de nuestra economía.
Y considero que Uruguay debería aspirar a mucho más.
Tenemos condiciones institucionales, capital humano, recursos naturales y estabilidad suficientes como para proponernos tasas de crecimiento superiores.
Pero para lograrlo debemos generar condiciones que favorezcan la inversión, la productividad y la competitividad.
Una conclusión necesaria
Mi conclusión es clara: no podemos seguir así.
El Gobierno debe adoptar medidas que permitan disminuir progresivamente el déficit fiscal.
Pero esas medidas, a mi juicio, no pueden consistir en aumentar los impuestos ni en incrementar permanentemente el endeudamiento.
El camino debe pasar principalmente por la disminución y una mayor eficiencia del gasto público.
Esto no significa desconocer las funciones esenciales que debe cumplir el Estado. Significa procurar que esas funciones sean cumplidas de manera eficiente, utilizando adecuadamente los recursos que aportan todos los uruguayos.
Necesitamos un Estado capaz de cumplir sus responsabilidades, pero que al mismo tiempo sea compatible con una economía competitiva, dinámica y atractiva para la inversión.
Porque el problema del déficit fiscal no termina en las cuentas públicas.
Cuando el Estado gasta sistemáticamente más de lo que recauda, aumenta la deuda, reduce su margen de acción, genera incertidumbre sobre futuros impuestos y puede contribuir a deteriorar la competitividad.
Por eso, ordenar las cuentas públicas no debería ser considerado solamente un objetivo fiscal. Es también una condición necesaria para recuperar capacidad de crecimiento.
Uruguay puede seguir creciendo con el déficit actual.
La verdadera pregunta es si queremos conformarnos con crecer poco o si estamos dispuestos a realizar los cambios necesarios para volver a crecer más.



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