Balance de un año de discusión presupuestal
- Fernando Belhot

- 10 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Nos acercamos a fin de año y la norma más importante para el Gobierno —la que establece
los límites de su presupuesto quinquenal— está próxima a vencer el plazo constitucional
para su aprobación.

En Uruguay, las leyes de Presupuesto suelen ser textos extensos, con numerosos artículos
que abarcan contenidos muy diversos. A mi entender, este formato no responde a una
técnica legislativa apropiada.
Durante este último año nos hemos opuesto, de manera respetuosa pero firme, a las
normas tributarias y a las disposiciones que flexibilizan el secreto bancario promovidas por
el Gobierno. Consideramos que estas medidas se apartan de una tradición tributaria y de
protección de la privacidad que ha caracterizado a nuestro país como una nación libre y
soberana.
En primer lugar, se introducen modificaciones que implican aumentos de impuestos, pese al
compromiso asumido en campaña por el Presidente. Esto abre la legítima interrogante
sobre si el resultado electoral hubiera sido el mismo de haberse anunciado tales
incrementos. No se trata de especular, pero sí de recordar que fue un tema ampliamente
discutido y negado de forma categórica por el entonces candidato, hoy Presidente.
El aumento del IRPF sobre incrementos patrimoniales generados en el exterior, además de
cambiar las reglas de juego, contradice la tradición tributaria uruguaya, basada en el
principio de territorialidad.
A su vez, este incremento impositivo puede incentivar la salida de capitales hacia
jurisdicciones que no graven sus inversiones o ahorros, generando un efecto adverso para
el país.
La introducción del Impuesto Mínimo Global (IMG) plantea otro conjunto de dificultades.
Queda por verse cómo impactará en empresas instaladas en el país o en zonas francas,
muchas de las cuales eligieron invertir en Uruguay en función de un marco estable y neutral.
Sin ese marco, es razonable pensar que algunas podrían reconsiderar su permanencia o
futuras inversiones.
A nuestro entender, este impuesto carece de justificación suficiente, ya que lo
eventualmente recaudado difícilmente compense lo que se podría perder. Más preocupante
aún es que, bajo el argumento de alinearse a estándares internacionales definidos por la
OCDE —organismo al que Uruguay no pertenece—, podríamos generar tensiones con uno
de nuestros principales aliados comerciales: Estados Unidos. Este país no solo rechazó
categóricamente el impuesto, sino que advirtió sobre posibles retaliaciones fiscales y
arancelarias a quienes pretendan aplicárselo a empresas norteamericanas.
Finalmente, el proyecto presupuestal introduce una flexibilización del secreto bancario, lo
que implica ceder soberanía fiscal y garantías del contribuyente ante un nuevo reclamo de
la OCDE.
Es cierto que la intención inicial del Poder Ejecutivo —permitir el levantamiento del secreto
bancario sin intervención judicial— era claramente desproporcionada. La negociación con la
oposición atenuó esa propuesta, y el texto devuelto por el Senado a Diputados contemplaría
la intervención previa de la Justicia. Esto constituye una mejora significativa, que
corresponde reconocer tanto al oficialismo como a la oposición. También se informa que el
silencio judicial se consideraría denegatorio, lo cual es otro avance relevante.
Sin embargo, persiste un punto preocupante: el escaso plazo de 48 horas otorgado a la
Justicia para expedirse. Todos sabemos que es irrealista esperar que un organismo de esta
naturaleza pueda resolver con garantías en un tiempo tan exiguo.
Para concluir, celebramos que el Gobierno pueda contar con un Presupuesto que le permita
conducir al país, aunque hubiéramos deseado un texto más ajustado a nuestras tradiciones
y a la realidad uruguaya.



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