¿Qué condiciones son necesarias para que una persona pueda vivir en libertad?


La libertad depende, en gran medida, de cómo está organizado el poder político, de los
límites que se le imponen y, fundamentalmente, de qué derechos efectivos tienen las
personas frente al Estado y frente a los demás.
En una economía capitalista y dentro de un sistema democrático, la persona suele disponer
de una serie de libertades esenciales:
● propiedad privada y libertad para emprender, contratar o elegir profesión;
● posibilidad de cambiar de empleo, desarrollar una actividad económica y acumular
patrimonio;
● pluralidad de medios de comunicación y existencia de organizaciones
independientes;
● elecciones competitivas, libertad de expresión y tribunales con autonomía frente al
poder político.
El argumento liberal sostiene que la propiedad privada y la competencia contribuyen a
dispersar el poder. Si el Estado no controla todos los empleos, las viviendas, las empresas,
los medios de comunicación y las distintas formas de generación de riqueza, resulta mucho
más difícil que pueda condicionar completamente la vida de los individuos.
En los regímenes comunistas o socialistas de partido único, en cambio, históricamente el
Estado ha tendido a concentrar simultáneamente el poder político y económico. Cuando el
partido gobernante controla los empleos, la producción, los medios de comunicación y, en
algunos casos, incluso el acceso a la vivienda, disentir puede significar no solamente sufrir
persecución política, sino también poner en riesgo los propios medios de subsistencia.
La ausencia de elecciones libres, de una oposición política efectiva y de una prensa
independiente termina completando esa concentración del poder y limitando severamente la
libertad individual.
Sin embargo, hay dos matices importantes que debemos tener presentes.
En primer lugar, también existen capitalismos autoritarios. Una economía basada en
empresas privadas puede coexistir con censura, persecución política, restricciones a las
libertades individuales y ausencia de elecciones verdaderamente competitivas. Por lo tanto,
la propiedad privada por sí sola no garantiza la libertad política.
En segundo lugar, existen democracias con políticas socialdemócratas. Países con
impuestos elevados, importantes servicios públicos y sistemas de protección social pueden
mantener plenamente la propiedad privada, el pluralismo político, la libertad de expresión y
las garantías individuales. Obviamente, no estamos hablando en estos casos de sistemas de partido único ni de economías en las cuales el Estado controle la totalidad de los medios
de producción.
También es importante distinguir dos conceptos de libertad.
Por un lado, la denominada libertad negativa, entendida como la posibilidad de que
ninguna persona y, especialmente, el Estado impidan arbitrariamente hablar, contratar,
desplazarse, emprender o disponer de los propios bienes.
Por otro lado, existe la llamada libertad positiva, vinculada a la posibilidad de contar con
determinadas condiciones —como educación, salud o ingresos mínimos— que permitan
ejercer efectivamente esas opciones.
Tradicionalmente, el liberalismo ha puesto mayor énfasis en la primera dimensión, mientras
que la socialdemocracia ha prestado mayor atención a la segunda.
El verdadero problema comienza cuando, en nombre de la igualdad, del bienestar o de
cualquier otro objetivo que pueda parecer inicialmente legítimo, el Estado comienza a
eliminar el pluralismo, restringir derechos y concentrar progresivamente un poder que deja
de tener controles efectivos.
Por eso, probablemente la afirmación más precisa sea que una persona tiende a ser más
libre allí donde existen democracia, Estado de derecho, derechos individuales,
propiedad privada, oportunidades económicas y límites efectivos al ejercicio del
poder, cualquiera sea la etiqueta política que se utilice.
El factor decisivo no es solamente quién posee las empresas o cuál es el nivel de
participación del Estado en la economía. Lo verdaderamente importante es determinar si el
ciudadano puede disentir, elegir, expresarse, trabajar, emprender, asociarse y, sobre todo,
cambiar pacíficamente a quienes gobiernan.
Los ideales pueden ser muy loables, pero también debemos ser pragmáticos. La
experiencia histórica demuestra la importancia de construir instituciones capaces de impedir
que el poder público se transforme progresivamente en un instrumento de dominación sobre
las personas.
Lo que mejor protege la libertad de los individuos frente a la posibilidad de ser dominados
arbitrariamente por el Estado —incluso cuando este invoque objetivos como la igualdad o el
bienestar general— es un sistema institucional en el cual el Estado cumpla eficazmente sus
funciones esenciales al servicio de las personas, pero encuentre al mismo tiempo límites
claros que le impidan avanzar sobre sus derechos.
Porque el avasallamiento de las libertades no siempre ocurre de un día para otro. Puede
producirse gradualmente, mediante pequeñas restricciones que individualmente parecen
tolerables, pero que, acumuladas, terminan alterando profundamente la relación entre el
ciudadano y el poder.
Y para finalizar, hay una frase ampliamente atribuida a Ronald Reagan que, con ironía,
sintetiza de manera contundente una crítica al socialismo y a su capacidad de funcionar en
la práctica: “El socialismo solo funciona en dos lugares: en el Cielo, donde no lo necesitan, y en
el infierno, donde ya lo tienen.”
Más allá de la contundencia de la frase, la reflexión de fondo sigue siendo plenamente
vigente: ningún ideal de igualdad o bienestar debería justificar la concentración
ilimitada del poder ni el sacrificio de las libertades individuales. La libertad necesita
instituciones que la protejan, ciudadanos dispuestos a defenderla y límites efectivos frente a
cualquier intento de avasallamiento de sus derechos.



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